Francisco Javier Muñoz Boluda       escultor - imaginero      e-mail_ franjavimb@hotmail.com     tlfno_ 603560001  
Campo de Criptana (Ciudad Real)

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Análisis de Marita Valdivieso Muñoz sobre uno de mis bustos de Dolorosa


Nos detenemos a mirarla. No podemos sustraernos a su tristeza. El ángulo de sufrimiento de las cejas lo marca. Cejas que se repliegan y se buscan elevándose en el centro por la tensión de los músculos cuando se llora. Son ojos parados sin fijarse en nada. Miran más hacia dentro, a su padecer que hacia fuera, provocando compasión en el espectador.
La inspiración de la Virgen llorando por la pasión y muerte Jesús tiene también momentos que se plasman por los escultores dando semblantes de sufrimiento, pero diferentes. Esos ojos anegados de lágrimas cuya pupila de pierde hacia el interior… es el centro De la tragedia que vive la Virgen. Si le preguntáramos que por qué llora o qué le pasa –como hizo un niño a su madre al pasar, en Alba de Tormes ante un busto de la Virgen realizada por Pedro Mena- la respuesta rápida y poco comprometida sería similar. Hijo es que se ha hecho daño. El niño queda convencido porque su llanto se asocia a hacerse daño. No tiene por qué dudar. Es cierto que en algún momento hemos podido comprobar que también se llora cuando los demás lo hacen, como por “simpatía” en el sentido de inducción de la palabra.
Los rostros han de arrojar teatralidad propia del origen de estas interpretaciones en el Barroco para despertar las emociones religiosas. Las interpretaciones de los escultores tienen como base esta referencia. Se hacen a modo y semejanza de estos parámetros de sufrimiento. Después, cada escultor le da su impronta particular que proviene de la concepción que sobre la advocación a la que se destina la imagen y de su ágil, artística y fecunda mano al esculpirla.
Estamos en un contexto religioso en el que se precisa que las imágenes recuerden la pasión y muerte de Jesús y con especial reflejo en María.

Es un llanto sereno, en el que el gesto de las cejas es el que nos lleva a su dimensión sagrada del dolor por ser la madre de Jesús, pero en la que la juventud parece no corresponderse, ni con el sufrimiento ni con la maternidad. Ese es el signo de identidad de esta Virgen. Su juventud, su sufrimiento y la maternidad. Pero el hecho de que sea tan joven no quita dramatismo a la escena. Pues sabemos que la Virgen conoce cuál es el destino de su hijo desde que lo concibe. Por tanto el entristecimiento encaja en esa juventud. Es el anuncio de lo que le espera. No es anacrónico ni falto de coherencia como se suele comentarse sobre las jóvenes dolorosas y madres que van tras su hijo muerto. Si la escena de sufrimiento por la pasión la trae a colación las lágrimas de una Virgen Joven y hermosa como esta, estamos entre una alegoría del sufrimiento cuyo estudio técnico arroja obras singulares y una obra realista del dolor de María por su hijo. Cojamos la opción que cojamos no podemos alejarnos del drama de la pasión y muerte de Jesús.
La fineza del rostro en el que la nariz delimita dos lados perfectamente simétricos de las facciones y nos hacen mirar alternativamente a cada lado, se congratula por la mano experta y sensible del escultor que sabe qué es lo que pretende con ella. Los ojos grandes y perfectos son el destello de la pena de Jesús, síntesis de este rostro. Pero no sólo por las lágrimas que lo recorren resbalando por la gravedad, sino por el motivo que hace que se humedezcan y aneguen desbordándose. Y ese es el momento. Un momento que bien es el adelanto de lo que teme como Madre, bien el recuerdo de la crueldad que ya ha padecido el Hijo... Los ojos almendrados, clarísimos, entornados, distraídos, ensombrecidos y sin embargo, luminosos, enganchan los nuestros conmoviéndonos de su pesar..
Luz de mis ojos, lagrimas que se marchan para dejar sitio a las que esperan, voz de mi corazón, dame consuelo. No puedo con este dolor. No podré con este dolor. …, parece expresar.
La delicadeza del rostro se pone en movimiento y como si cobrara vida la imagen, en armonía con otras dos del mismo autor Estamos ante una imagen de la Virgen que habla por sí sola. El propio escultor podría decirnos que sintió cuando la elaboró.

Autora del texto:  Marita Valdivieso Muñoz, Licenciada en Historia.
 
Desde aquí sólo puedo agradecer sus palabras y que haya dedicado su tiempo en escribir este maravilloso texto sobre una de mis obras. Sin duda es una de las mayores recompensas que he tenido durante este tiempo que me ayudan a seguir creciendo y dedicando mi tiempo al arte, gracias de todo corazón.